No estás criando a un niño. Estás formando a un adulto. Por qué el curso Nurturing Nanny™ cambia la forma en que cuidas y en que cuidas a los niños
Querida niñera, no solo estás cuidando a un niño en el presente, sino que también estás participando en la formación de un ser humano.
Tras 25 años trabajando con niños, una cosa me ha quedado muy clara: lo que moldea a un niño no es cuánto hacemos por él, sino cómo nos relacionamos con él. Y una vez que comprendes eso, todo cambia.
La ciencia y las relaciones importan
La ciencia lo confirma, pero la mayoría ya lo hemos experimentado en la vida real. El desarrollo de un niño está profundamente ligado a la calidad de su relación con el adulto que lo cuida. Tu presencia importa. Tu tono importa. Tu forma de responder e incluso tu manera de esperar importan.
Al mismo tiempo, este trabajo conlleva mucha presión. Muchas niñeras sienten que deben entretener constantemente a los niños, mantenerlos ocupados o demostrar resultados para probar que están haciendo un buen trabajo. Es agotador. Y en el fondo, no les parece bien porque no es lo que los niños realmente necesitan.
Descubrir el enfoque Educaring® me ayudó a comprender el porqué.
El enfoque Educaring® se basa en una relación respetuosa entre el adulto y el niño, construida a través de momentos de atención, libertad de movimiento y juego ininterrumpido. Suena simple, pero es profundamente transformador. En el centro de este trabajo está el respeto. No solo como una idea, sino como algo que se vive en cada interacción. Empiezas a ver incluso al bebé más pequeño como una persona completa. No como alguien a quien controlar o apresurar, sino como alguien con quien estar. También aprendes a confiar en el desarrollo natural del niño. No apresuramos los hitos. No intentamos enseñarle al cuerpo lo que no está preparado para hacer. Permitimos que el desarrollo se despliegue y lo apoyamos creando el entorno adecuado. Cuando comencé a trabajar de esta manera, algo cambió.
La observación como superpoder
En lugar de intentar controlar cada momento, empecé a dar un paso atrás, a observar y a darles espacio. Y lo que vi cambió por completo mi comprensión de los niños. No necesitaban estimulación ni entretenimiento constantes. Necesitaban tiempo: tiempo para moverse, para intentarlo, para esforzarse un poco y para resolver las cosas a su manera.
Esto me quedó especialmente claro durante el desarrollo de la motricidad gruesa.
Dejé de intentar “enseñar” a los bebés a moverse. Dejé de colocarlos en posiciones para las que sus cuerpos no estaban preparados. Dejé de apresurar los hitos del desarrollo.
En cambio, confié en el proceso.
Y sucedió algo hermoso. Los niños aprendieron a moverse con confianza y control. Tuvieron tiempo para practicar, para caerse sin peligro y para comprender sus propios cuerpos. Comencé a notar una sutil constancia: muchos de los niños a mi cargo empezaron a caminar cuando estaban realmente preparados, a menudo con paso firme y seguro, y con muy pocas caídas.
No se trataba de no hacer nada. Se trataba de crear el entorno adecuado y permitir que el desarrollo se desarrollara.
Momentos que importan
Recuerdo a mi hijito en el parque, subido a una escalera de cuerda. Subió hasta el segundo escalón y se detuvo. Entonces me miró. Habría sido fácil suponer que necesitaba ayuda, pero en ese momento sentí algo diferente. Era como si me dijera: "¿Me ves?"
Le hice saber que sí. Se quedó allí un momento, pensando, y luego decidió bajar.
Unos días después, lo intentó de nuevo. Y otra vez. Hasta que un día, llegó a la cima. Me miró y dijo: «Mi cuerpo lo logró». Ese momento se me quedó grabado, no porque llegara a la cima, sino porque se sintió capaz. Confió en su cuerpo. Se apropió del logro.
Ese es el tipo de confianza que no podemos enseñar directamente. Se adquiere con la experiencia.
Uno de los mayores cambios en mi trabajo fue aprender a observar de verdad. Sin precipitarme, sin intentar solucionar nada, sin interrumpir, sino estando lo suficientemente presente para ver realmente al niño. Su esfuerzo, su frustración, su alegría.
Cuando trabajas de esta manera, todo empieza a cambiar. El trabajo se vuelve más tranquilo, más significativo y más sostenible. Ya no intentas hacer más, sino comprender más.
Incluso los momentos más cotidianos —alimentar, bañar, vestir y cambiar pañales— adquieren un significado diferente. No son tareas que simplemente se realizan, sino momentos en los que se forja la relación. Un niño puede experimentar miles de cambios de pañal, y cada uno representa una oportunidad para sentirse presionado y tratado, o bien, visto y respetado.
Reuniéndolo todo
En el curso Nurturing Nanny™, exploraremos precisamente esto. No se trata de cómo hacer más, sino de cómo ver las cosas de otra manera. Aprenderás qué significa el respeto en las interacciones cotidianas, cómo confiar en el desarrollo natural del niño y cómo usar la observación como una de tus herramientas más poderosas. Y con ello llega algo que muchas niñeras anhelan en silencio: confianza. La capacidad de respaldar tu trabajo, de comunicarte con claridad con los padres y de sentirte segura de tus decisiones.
Si alguna vez has pensado que debe haber una forma más reflexiva y respetuosa de hacer este trabajo, tienes razón. Y no tienes que descubrirlo solo.
Cuando cambias la forma en que cuidas a un niño, cambias la forma en que ese niño experimenta el mundo.
Y ese es el verdadero impacto de este trabajo.
Imparto el curso de Niñera Nutritiva tanto en inglés como en español, de forma presencial en Los Ángeles y San Francisco, y también en línea. Les invito a visitar mi página de Desarrollo Profesional para consultar las próximas fechas y ubicaciones de los cursos, así como para inscribirse.
Antes de que te vayas, me encantaría saber de ti…
¿Alguna vez has vivido un momento con un niño en el que te detuviste, diste un paso atrás y te diste cuenta de que no necesitaba que hicieras más, sino que solo necesitaba espacio?
Esos momentos se quedan con nosotros. Comparte los tuyos a continuación.